El Pregonero Infame



Bartolo era el Sacristán. Gregorio y yo, dos acólitos inquietos de ocho o nueve años. Era mi primer Sermón de Jesús, todo un acontecimiento. La primera noche que pasaba fuera de casa. La Procesión había acabado tarde y los Pregones eran muy temprano. Por temor a quedarnos dormidos y perdernos el Sermón, nos encerramos los tres en la Sacristía. Yo di una cabezada encima del arca de San Mateo, pero me desperté pronto por el frio y la emoción.

Era una fría mañana primaveral de finales de los años sesenta. Don Rafael Valdivia comienza el Sermón interrumpiéndose a menudo con toses y carraspeos. Don Rafael era un cura ecónomo de los de antes, de sotana, breviario y tonsura en la cabeza. La nave de San Mateo está en penumbra, llena de gente con cara de haber dormido poco, envuelta en abrigos, bufandas, chaquetones y cazadoras con las solapas levantadas.

Arriba, en lo más alto, unos pasos lentos hacen crujir las tablas centenarias del corredor. Son los Pregoneros, que ocupan su lugar. Don Rafael, lejos de desconcertarse, continúa su prédica en tono solemne. Nos sitúa en Jetsemaní ”Jesús está orando al Padre en soledad, los discípulos duermen sin ser conscientes del drama que se cierne sobre ellos. Jesús dice: Padre, si es posible, pase de mí éste cáliz de amargura, más no sea mi voluntad, sino la tuya. Llega a sudar sangre.” El Párroco hace un silencio inesperado y enfatizando añade: “Entonces el ángel del Señor le reconfortó” Tras unos segundos de expectación se escucha una voz, es la voz del ángel:

Soberano Redentor, El Padre Eterno me envía, a templar vuestra agonía y vuestro sumo dolor…

¿Es de verdad un ángel? La voz viene de lo alto y resuena por toda la Iglesia, lo llena todo, es un momento mágico, sublime. La gente mira hacia arriba y cuchichea: “Laruta, Laruta”. Es que Laruta cantaba como los ángeles, es que Laruta era un ángel.

   

Acaba el primer Pregón y se hace un silencio sepulcral, roto por algún sollozo, un golpe de tos aquí, otro allá. Don Rafael se restriega la nariz con su pañuelo blanco inmaculado y lo guarda con un movimiento rápido. Continúa con el Sermón: “Jesús dice a sus discípulos: ¡Levantaos, vamos! El cura se crece, predica con cadencia, sube y baja el tono. Ya grita, ya permanece unos segundos en silencio y sigue con un hilo de voz, se excita, golpea el ambón, capta la atención de toda la parroquia. Nos relata el Prendimiento y todas las idas y venidas hasta situarnos frente a Pilato. Cita a los Profetas: “Maltratado, más El se sometió, no abrió la boca. Como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores. Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que nadie defendiera su causa, pues fue arrancado de la tierra de los vivientes y herido de muerte por el crimen de su pueblo”. De nuevo el silencio y de nuevo la voz de Antonio Laruta:

Yo, Poncio Pilato, que presido, la Inferior Galilea y su partido. Por el Emperador Tiberio, en quien, hoy se haya el Gobierno en Jerusalem. Yo estando en mi palacio…

Esta vez nos es la voz angelical de antes, es la voz de un poderoso. "Un gobernante orgulloso y cobarde que condena a un inocente. Pero da igual lo que digan Pilato, los Príncipes de los Sacerdotes, Caifás, Anás y todo el pueblo gritando: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Jesús ya estaba sentenciado, Jesús nació sentenciado, nació para eso, para dar su vida por nuestra salvación. Es una sentencia superior, divina".

   Hay sollozos y alguna lágrima que se escapa entre los parroquianos, cuando comienza el tercer Pregón:

Esta es la sentencia irrevocable, del arcano de Dios inescrutable. Cumplida en la más cándida inocencia, la más cruel, áspera y rígida sentencia…

Cuando acaba la Sentencia se canta una breve saeta a dúo:

Lo que más sintió La Virgen, fue aquel pregonero infame, que le dijo, en La Sentencia: Quien tal hizo, que tal pague.

El cura añade: "Entonces lo entregaron a los Príncipes de los Sacerdote para que lo crucificaran" y da comienzo la Procesión de Jesús Nazareno.

Aquella gélida mañana de hace cuarenta años no lo sabía, pero con el tiempo, me he convertido en el Pregonero Infame que canta la Sentencia, hace ya siete años y si Dios quiere, serán muchos más.

Francisco Ortega