Recordando a Juanito



Va por medio de las filas con el cigarrillo en la mano, esquivando los cirios encendidos. Los espectadores le preguntan como si fuera el máximo responsable de todo aquello y él contesta sin detenerse, a menudo con la respuesta más ocurrente e insospechada.


Llega antes que nadie a casa de su amigo, espera echando un trago y picando algo. Va recibiendo a los demás como si fuera el dueño, les invita a beber elogiando el vino y las viandas. Va creando ambiente, pregunta quién va a cantar, se ofrece voluntario, busca pareja para hacer un dúo.


Los costaleros se detienen en la puerta, apura el último sorbo y abriéndose paso entre la gente se planta delante del trono. Me llama sin verme, a gritos: ¡Ortega!, ¡Ortega! Me ve, me hace un gesto, ya sé lo que quiere, cantar conmigo. Me acerco a él. Tira el cigarrillo, lo pisa. Me agarra del brazo con fuerza, me zarandea hasta situarme donde mejor le parece, me pone la mano sobre el hombro y apretándome dice:


   -Vamos.
Desconcertado le pregunto:
-¿Cual?
Me contesta con despreocupación y superioridad:
-La que tú quieras, tú sales con la voz cantante y yo te sigo… “Al son de trompetas roncas” añade.
-¡No Juan, esa para mañana! protesto enfadado, “En el patio de Caifás”.
-No me la sé. Sonríe, tartamudea, balbucea… Empieza a dar signos de nerviosismo.
-¡Venga hombre, una! ¿Qué más da? me dice.
-¿Vais a cantar o seguimos? Protesta el Capataz impaciente.
Alguien de entre el público nos increpa:
-¡Vamos, hombre!
Juan replica con un gesto, negando con la cabeza, señalándome como culpable.
-“Como a un ladrón te prendieron”. Afirmo rotundamente.
Asiente con la cabeza y por fin, empezamos a cantar.

Después todos le jalean y le aplauden. Le digo: ¡Como estás este año! Él, con una mezcla de satisfacción, incredulidad y timidez reflejada en su rostro, desaparece entrando de nuevo en la casa.

Al día siguiente se presenta en la Iglesia. Son las cinco de la tarde del Viernes Santo. Los oficios están a punto de comenzar. Hay una gran expectación para ver el Desenclavamiento y Las Siete Palabras. Todo abarrotado, los bancos atestados, el crucero lleno, la gente de pié hasta la puerta. Entonces lo veo, avanza lentamente por el pasillo central, inconfundible con sus andares, ligeramente encorvado, levemente encogido de hombros. Va despacio, dudando, busca a alguien. Un escalofrío recorre mi espalda cuando comprendo que es a mí a quien busca. Me ha sobrepasado, estoy sentado en el penúltimo banco, pero cuando se vuelva me verá, ¿Qué querrá? Hemos estado cantando juntos toda la mañana en la procesión. Sigue avanzando titubeante. A la altura de la capilla del Nazareno se detiene, se echa la mano a la barbilla, mira a derecha e izquierda lentamente, se da por vencido.


Derrotado, da media vuelta con expresión de desánimo. Levanta la vista y entonces me descubre. Se acerca dando grandes zancadas, con el rostro enrojecido, los ojos desorbitados y la mirada clavada en mí.


Se detiene y señalándome con el dedo, a voz en grito exclama:


-Dicho por “to” el pueblo.
-Dicho por “to” el pueblo. Repite enfatizando.
-Los mejores dúos que se han “cantao” en la vida. Los nuestros.
Agacho la cabeza, disimulando la sonrisa.
-¡Eh! Reclama mi atención.
-Dicho por “to” el pueblo. Los mejores dúos que se han “cantao” en Baños de la Encina.

Todo el mundo nos mira, han vuelto la cabeza al oír el griterío. Los que están en el crucero han salido hasta la nave a ver qué pasa, todos se ríen abiertamente. Todos nos conocen, todos le conocen, saben cómo vive la Semana Santa. Yo, desbordado, asiento, bajo la mirada y permanezco inmóvil esperando que pase el chaparrón.


Una vez acabado el discurso, se dirige hacia la calle. Los que están de pié, atrás, se apartan haciéndole un improvisado paseíllo. Todos sonríen, le felicitan y le dan palmadas en la espalda. Él, triunfante e impasible, camina despacio hacia la puerta, y desaparece.


Así era Juanito. Desde que nos dejó nos falta algo. Es como si la Semana Santa no fuera igual. Formaba parte de ella, era su medio, se sentía cómodo, en su ambiente. Desde que no está, ya no canto tanto. Le echo en falta. Todos le echamos de menos. Nos hacía cantar, reír, vivir, disfrutar.


Francisco Ortega