Imagen de San Mateo



La imagen con el transcurso del tiempo amén de otras circunstancias se había deteriorado mucho. Su salida en procesión se veía a todas luces imposible: la temida decisión de no volver a ver a San Mateo por las calles de Baños no tardo en producirse.

La Cofradía se sumió en el desánimo. Estrechos colaboradores como el tesorero Don Diego Briones Marínez “Michelin” el practicante, Jeronima, esposa de Pedro Rodríguez, y otros, habían fallecido, por tanto su desaparición era inminente, a pesar del esfuerzo de Pedro. Su amor por la Cofradía, el conservar el arca en su casa y tantos recuerdos, no fueron suficientes. Finalmente la Cofradía de San Mateo desaparecía. Como recordatorio del esplendor de lo que un día fue, a partir de ahora en las procesiones, solo saldrían sus banderas.

Pedro cercano ya a los ochenta años y afectado por una grave enfermedad, nunca asumió que su Santo, su Cofradía, quedaran en el olvido. ¿Qué hacer entonces? Por más vueltas que le daba siempre bullía en su cabeza la misma idea, una y otra vez: “Con una nueva imagen de San Mateo la Cofradía podría resurgir”.Con el ímpetu de un joven, contactó con un escultor, Don Damián Rodríguez Callejón (de Jaén), vieron imágenes valoraron presupuestos… En pocos días ya estaba otra vez pateando las calles de Baños pidiendo de casa en casa, visitando los cortijos que en otro tiempo tanto le habían ayudado.
   

Rememorar la anécdota que aún produce una emotiva sonrisa a Antonio Maderas, entonces novio de la sobrina de Pedro, Esperanza (hija de Mariano y Ana “La Tonta”. Cuenta que él estaba en Baños para las fiestas y traía consigo veinte duros para convidar a su novia, cuando Pedro le pidió para el Santo, éste le entregó los veinte duros esperando la vuelta; pero tan contento se puso Pedro que le dio las gracias entusiasmado con aquel donativo tan generoso y se marchó, dejando al joven desconcertado y sin decir palabra.

La respuesta de la gente fue tal que la adquisición de la nueva imagen no tardó en producirse, y todo gracias a la generosidad de los hombres y mujeres del pueblo. Siempre recordó ese episodio de su vida con el sentimiento profundo de agradecimiento, de admiración, incluso de orgullo.

Pedro empeoró. Cuando trajeron la nueva imagen ya estaba postrado en cama. El párroco D. Rafael Valdivia Castro tuvo un gran detalle con Pedro, le llevó la imagen a su casa. Allí permaneció en su habitación hasta el día de su fallecimiento el 9 de diciembre de 1.965, cuando contaba con ochenta años de edad. Su familia hizo realidad su último deseo: ser amortajado con su querida túnica morada.

Con él murió la Cofradía. Nadie se preocupó de todos los objetos y pertenencias que la representaban, sólo la imagen, y después de insistir mucho, fue trasladada a la iglesia que llevaba su nombre. Recordaba Ana Pepa, su hija, que muchos años después alguien le pidió el gallardete y las banderas. El resto de objetos y utensilios quedaron arrumbados en forma de olvido en una olvidada habitación. Es triste recordarlo y más aún decirlo ahora, pero nunca nadie se interesó por lo que había. Aunque ahora que recuerdo, sólo un ¡listo! Ya avanzados los años noventa le pidió a Ana Pepa el arca de la Cofradía quien, como nadie la quiso nuca, se la entregó.

    La imagen no fue tenida en cuenta por carecer de valor la talla y, una vez trasladada a la sacristía de la iglesia, permaneció en ella sin que nadie reparara en la misma. Ana pepa, que nunca había olvidado a San Mateo, un día se dirigió al párroco de entonces Don Domingo García, para recriminarle no sólo el ostracismo al que estaba siendo sometida la imagen sino también el hecho de que no se le otorgara al titular de la iglesia el sitio que merecía. La respuesta del párroco resulto inesperada e incomprensible: “no era lo suficientemente antigua y no tenía ningún valor”.

La respuesta de la mujer, sofocando el enojo que sentía, le salió de lo más profundo: “El valor de todas las cosas lo da el esfuerzo y el amor que se ha puesto en conseguirlas, y le puedo asegurar que a esta imagen de San Mateo, el esfuerzo y el amor que tantas personas entregaron para traerla, le dan un valor que usted nunca se podrá imaginar”. Las palabras de Ana Pepa debieron producir en el sacerdote una profunda reflexión, puesto que al poco tiempo San Mateo fue colocado en la iglesia en un pie de formica también moderno como la talla.

El 21 de septiembre del año 1.991 la nueva imagen de San Mateo volvió a salir en procesión por las calles de Baños en las andas de la Virgen de la Encina, con sus flores y con su música, gasto que sufragaron las cuatro cofradías y la parroquia.

Cuando se iba a emprender el arreglo del tejado de la iglesia, el párroco Don Juan Jesús Cañete me pidió que guardase la imagen de San Mateo en mi casa, hecho que me sorprendió y a la vez me produjo una profunda emoción: tenía tres años cuando murió mi abuelo Pedro Rodríguez López, y mi madre Ana Pepa, me contó un sinfín de anécdotas de mis abuelos, entre ellas la historia de amor que mi abuelo sentía por San Mateo, lo que motivó el hecho de que sin conocerlos sienta por ellos una profunda admiración.

Durante dos años permaneció en mi casa y esa devoción que mi familia sintió siempre por el Santo me fue transmitida: todos los días le rezaba, besaba su manto y acudía a Él cuando lo necesitaba.

Cuando por fin las obras que se realizaron en la parroquia culminaron y nuevamente se produjo su apertura con una solemne inauguración, y allí estaba, la imagen de nuestro San Mateo colocado en su mesa sobre un paño de altar (que no tenía) ante la vista de todos.

Al verlo no lo dudé ni un instante y pesé en confeccionarle un paño de altar que fuese suyo. Así en los Esclavos del año 2.006 Don Juan Jesús lo bendijo en la sacristía, y embargada de una gran emoción se lo coloqué. Fue como si se lo debiese a mi abuelo.

Sirva ésto de homenaje a un hombre de gran fe, a los hombres y mujeres que siempre han sabido que una cofradía no es sólo una imagen, sino quien la porta y la venera. Una cofradía es la común unión de todos sus hermanos.

Ana Ortiz Rodriguez